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Vendió su iPhone para crear una gran empresa: Costillas asadas “El Compadre”

 

Todo comenzó un 15 de septiembre con unas carnitas asadas. A Octavio Maldonado siempre le gustó cocinar y la primera vez que lo hizo fue para su familia cuando tenía ocho años. Un día al ver una receta en la televisión, la cual no tuvo que anotar pues se la aprendió rápidamente, fue con su mamá a pedirle que le comprara los ingredientes para ese postre que moría por hacer.

 

“Mami cómprame esto y esto. Estaba muy emocionado y de tanto fastidiarla accedió”

Ahí fue cuando aquel niño de ocho años trazó su camino en el mundo de la cocina. A pesar de trabajar en la Comisión Federal de Electricidad se sentía inconforme de no estar haciendo lo que verdaderamente le apasionaba: cocinar.

 

“Me acuerdo que para un 15 de septiembre dije: ¡Yo hago las carnes!”

Octavio no quería el marinado típico con achiote y naranja agria así que corrió a la alacena y comenzó a mezclar ingredientes que tenía a la mano, tan improvisado estuvo que la miel se convirtió en uno de los ingredientes secretos de sus costillas. Preparó tantas veces esas deliciosas costillas que se volvió una tradición en cada reunión, sus amigos exigían que fuera él quien volviera a cocinar.

 

“Todos me decían que abriera un negocio de costillas, pero siempre puse de pretexto que no tenía tiempo”

Un día decidió poner el negocio para probar que sucedía y comenzó abriendo los fines de semana en su casa porque trabajaba de lunes a viernes, al poco tiempo decidió dejarlo ya que las ventas comenzaron a bajar debido a que estaba muy escondido y sus pocos clientes se encontraban sólo alrededor de su vecindario.

Cuando por fin se animó a poner el negocio en forma, no contaba con el capital suficiente y además se acababa de comprar el celular que siempre había querido. En ese momento pensó en llamarle a su hermana con la intención hacerle un préstamo pero ella no contaba con el dinero, aun así le dio una buena idea, vender el celular para invertirlo y posteriormente comprar uno mejor, a lo que Octavio se negó.

 

“Como lo voy a vender es el teléfono que siempre quise y tiene dos días que lo compré”

 

Ese mismo día por la noche ya había puesto a la venta el teléfono y logró venderlo por menos de lo que esperaba, pero suficiente para arrancar con el negocio.

Como toda persona que inicia un negocio y quiere comerse al mundo, comenzó a idear lo que para él sería el mejor plan para su establecimiento. Rentó un local cerca del paradero de camión con la intención de que el olor de las costillas atrajera a la gente hasta su local, compro muchos kilos de carne, refrescos para regalar en la inauguración y se dispuso a esperar a sus clientes quienes deberían estar llegando a las dos de la tarde, hora de la comida; pero dieron las ocho de la noche y sólo vendió un kilo, más de la mitad se echó a perder.

 

“Estaba seguro que el domingo sí sería un buen día para vender, así que a pesar de haber tenido un sábado no tan bueno decidí abrir el domingo. Volví a vender un kilo”

 

Su sobrino quien lo ayudaba preguntó si volverían a abrir, a lo que Octavio respondió que sí, él estaba seguro que de kilo en kilo lo iban a lograr. Estuvieron en ese lugar por casi tres meses y se dio la oportunidad de cambiarse casi enfrente de donde estaban, Gaby su novia, y ahora esposa, comenzó a ayudarle poco a poco hasta que se quedó con él en el local.

“Siempre hace falta el toque femenino”

 

El apoyo incondicional de ella logró que Octavio fuera perseverante al punto de ni siquiera notar cuando pasaron de vender 5 kilos de carne a la semana a vender más de casi 200 kilos a la semana. No fue un trabajo fácil pero después de tres años valió la pena aguantar siempre un día más a pesar de las circunstancias.

Emprender un negocio siempre será complicado y es normal pues todo lo bueno, de calidad y que vale la pena, no puede ser fácil.

Como esta existen muchas historias más y lo mejor de todo es que son campechanos que se atrevieron a creer en ellos y en su Estado logrando así ser ejemplo e inspiración para otros.

 

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